martes, 6 de octubre de 2015

La princesa del castillo en espiral

Eran días oscuros y con mucho viento. Interminables nubes sombrías se cernían sobre todo el firmamento, como queriendo impedir el paso de la luz del sol sobre las tierras de aquel reino. El castillo se erguía alto e imponente, subiendo en forma de espiral a las orillas de un acantilado que colindaba con un mar frio y tempestivo. Las piedras con las que estaba construida la ciudadela eran de un color algo amarillento, salpicado con matices verdes debido al moho que se esparcía por todo el lugar.

Ya estaba avanzada la noche, cuando se presentó a las puertas del castillo un viajero que caminaba encorvado por el viento que lo sometía; iba aferrándose a su sombrero y a un bastón viejo de madera. Luego de pedir asilo a los guardias que se encontraban cuidando la enorme y pesada puerta de la entrada, éstos le concedieron el paso sin emitir palabra alguna. Así, el caminante se adentró a las murallas que se elevaban hacia lo alto en forma de espiral para continuar con su destino. De no ser por las tenues luces que se filtraban por algunas de las ventanas de los edificios, el lugar hubiera parecido estar completamente desierto, pues el silencio gobernaba en aquellos callejones y pasadizos; salvo por el viento que surcaba entre las cornisas de las construcciones. Pese a que el viajero era un hombre joven, su semblante denotaba cansancio y una mirada perdida.

Continuó su trayecto por las calles de la ciudadela, con su andar cansado pero constante. Pasó de largo por las tavernas y las casas de huéspedes, que no parecían estar muy activas; siempre subiendo y arrastrando los pies con su paso. Varias horas pasaron antes de que llegara a la cumbre del palacio. Ahí se encontraba un jardín algo descuidado, sin embargo, daba la impresión de haber sido un lugar hermoso, tiempo atrás. Hortensias y Orquideas marchitas abundaban a los lados de los andadores de la floresta. En el centro del jardín se hallaba un árbol de flor de cerezo, cuyas hojas y flores yacían esparcidas por el piso. Existía cierta belleza singular en la soledad de aquel lugar. El caminante se detuvo y permaneció unos instantes perplejo, admirando la melancolía que emanaba de aquel árbol solitario. Por un momento recordó, de alguna manera, lugares que no había conocido jamás, e historias que no había vivido; conmovido y maravillado por ese extraño sentimiento, tomó marcha una vez más hacia la sala principal que se encontraba al pasar por el jardín. La puerta de la sala principal estaba custodiada por dos guardias, que parecieron no prestar atención al individuo más que para abrirle la puerta del lugar.

Momentos antes de dar el primer paso dentro del recinto, el caminante sintió un palpitar más fuerte en su corazón. Vaciló por un momento, pero luego tomó seguridad y se decidió a entrar. El lugar estaba iluminado por unas cuantas velas que emitían una luz cálida y tenue que dibujaba largas sombras con los pilares que se erguían a lo largo de la sala. Luego de avanzar unos cuantos pasos por el lugar, el viajero elevó su mirada, retirando su sombrero; entonces la vió. Sobre un trono de piedra que se encontraba en el centro, estaba sentada, con las piernas cruzadas, una doncella de cabellos rojos como el fuego y piel blanca como la nieve, un contraste hermoso y sublime que lo hizo recordar los rosales cuando es invierno; el gesto de su rostro mostraba una mueca de aburrimiento. Las pupilas del viajero parecieron dilatarse al presenciar la belleza de aquella misteriosa doncella. Ella, cuando lo vió acercarse, fijó su mirada en el cansado caminante mientras éste se postraba frente al trono, haciendo un acto de reverencia.

- Buenas noches, caminante ¿Quién eres tú y qué te trae a éstas horas a este recinto? - Preguntó la doncella.

- Muy buenas noches y muy frías, además. - Replicó el viajero. - Oh, doncella de los cabellos rojos, soy un pobre viajero que viene desde muy lejos. He olvidado mi nombre hace ya muchos años. He andado por todo el mundo y he visto muchas tierras lejanas y toda clase de lugares y personas. Desde hace mucho tiempo he estado buscando una cerradura. - Continuó el hombre.

- ¿Una cerradura? - Inquirió algo exaltada la doncella. - ¿Qué clase de cerradura y por qué vienes desde tan lejos buscando tal cosa?

- Verás, princesa, la cerradura que busco no es una cerradura cualquiera. Cuando apenas era un niño, llamó a la puerta de la granja donde yo vivía un viejo mago que venía pidiendo un poco de agua y comida para continuar con su viaje. Platicamos durante varias horas y le conté de mi sueño de viajar por el mundo, conocer tierras lejanas y vivir aventuras. Una vez que el mago hubo terminado de comer, sacó de su fardo una pequeña llave, la cual me regaló en muestra de agradecimiento. - Respondió el viajero mientras sacaba de su pecho, una pequeña llave que colgaba de un cordón de cuero.

- Entonces, el mago me dijo que algún día tendría que emprender un viaje para encontrar la cerradura que se abre con la llave que yo porto, y que con eso encontraría una grata sorpresa. He pasado ya varios años de mi vida en la búsqueda de dicha cerradura, pero no la he encontrado aún. Hoy me presento ante tí, preciosa princesa del castillo en espiral, con la esperanza de poder esa cerradura encontrar. - Continuó el viajero.

Al momento de decir las últimas palabras, los ojos de la princesa parecieron llenarse de lágrimas. Sin emitir palabra alguna, se incorporó y caminó a donde se encontraba el viajero, con un paso lento y vacilante. El viajero se desconcertó por la reacción de la princesa y permaneció inmóvil mientras ella avanzaba hacia él. Luego de mirarse fijamente en silencio durante unos minutos, la princesa tomó una cadena de plata que colgaba de su cuello, ésta tenía un dige de cuarzo, y en el centro de la piedra se encontraba una cerradura. Al verla, los ojos del viajero se abrieron asombrados, mientras éste murmuraba algunas palabras de asombro.

- ¿Cómo es posible? - Preguntó el caminante, pasmado.

- Hace muchos años, un mago visitó el reino. Yo era apenas una niña en ese entonces. Pasé toda una tarde jugando con él a la sombra del árbol que está en el jardín. Cuando estuvo listo para continuar con su viaje, el mago tomó este dige de su bolsa y me lo regaló. Me dijo que algún día alguien vendría con la llave que lo iba a poder abrir, trayendo así mejores tiempos. Han pasado tantos años de eso que la verdad había perdido toda esperanza. - Contó la princesa.

Entonces, como movidos por un deseo mutuo, ambos retiraron sus respectivos artefactos de sus cuellos e introdujeron la llave en el dije de cuarzo. Al momento de girarla, una luz empezó a emitirse del cristal, que escapó rápidamente de la sala, bañando por completo toda la ciudadela. Ambos corrieron hacia afuera para ver qué estaba sucediendo y para su sorpresa, el jardín había cobrado vida nuevamente. El árbol de flor de cerezo había florecido y resplandecía con una luz blanca, como hacía años que no se le veía. Las Hortensias y las Orquideas eran frondosas y despedían una fragancia que deleitaba a los corazones y despertaba sueños a quien la oliera. Pronto la gente empezó a salir de sus casas para ver qué era lo que sucedía y se encontraton con la sorpresa de que el júbilo y la esperanza habían vuelto al reino.

- Quiero conocerte. He esperado por tí toda mi vida. - Dijo la princesa.

- Toda mi vida te he buscado, y ahora podemos vivir para conocernos y tener aventuras juntos. - Dijo el viajero, mientras tomaba las manos de la doncella de cabellos rojos.

Luego de perderse unos instantes en los ojos de la otra persona, sellaron su nuevo comienzo con un abrazo y un beso. Años más tarde, emprendieron juntos un viaje por el mundo y jamás volvieron al reino.

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