sábado, 17 de octubre de 2015

A punto de morir

Quien se haya encontrado en una situación de vida o muerte, podrá imaginarse de lo que me dispongo a hablar a continuación.

Cuando era un niño, con frecuencia solía irme a acampar con mi papá, por lo menos una vez al año. Acudíamos a diferentes lugares en cada ocasión, y el objetivo de nuestras travesías era vivir aventuras y estar en contacto con la naturaleza, dos de las características que han estado más presentes en mí desde que soy quien soy. En esta publicación, quiero platicar sobre una ocasión en particular, la cual recuerdo sin poder evitar que una sonrisa se brinque en mi rostro.

Cuando ocurrió éste suceso, yo tenía aproximadamente nueve años de edad. Recuerdo que mi papá y yo habíamos planeado todo un fin de semana para irnos a acampar a un cerro que estaba en el monte, a las afueras de la ciudad. Así pues, preparamos nuestras mochilas con todo lo que podríamos necesitar para nuestro viaje de aventura: cazuelas, comida enlatada, ropa, bolsas para dormir, encendedor, cuchillo, brújula, cantimploras con agua, etc. Llegó el día de nuestra partida y mi mamá nos condujo a las inmediaciones del cerro que queríamos explorar. Nos bajamos a un lado de la carretera y nos despedimos para vernos dos días después. Ahí fue donde comenzó nuestra aventura.

Empezamos a caminar a través de arbustos y árboles desérticos encaminándonos hacia las faldas de la mole de piedra que se erguía ante nosotros. Cuando alcanzamos las primeras pendientes del cerro, el andar se hizo un poco más difícil por los fardos que llevábamos. Fácilmente pasaron tres horas antes de que nos encontráramos en medio de nuestro camino un cactus grande y seco que estaba tirado y que estorbaba nuestro andar. Sin pensarlo dos veces, mi padre lo levantó con sus manos para arrojarlo hacia la izquierda y liberar así el camino que íbamos siguiendo. Poco sabíamos en ese momento, de la odisea que estábamos por vivir. De pronto, empezamos a ver muchos puntos de color negro que zumbaban ante nosotros. Sin comprender muy bien qué era lo que estaba sucediendo, empezamos a sentir numerosas punzadas por todo el cuerpo; y ese zumbar que no cesaba. ¡Abejas! Cientos de abejas habían abandonado su panal, que presumiblemente se encontraba en el cactus viejo que acababa de mover mi papá, y ahora se disponían a morir para defender su reino, no sin antes dejarnos un recuerdo bastante doloroso. Permanecimos unos segundos inmóviles, como tratando de comprender qué era lo que estaba sucediendo, cuando mi padre exclamó "¡Abejas! ¡Corre!". Sin pensarlo dos veces, soltamos nuestras respectivas mochilas y empezamos a correr montaña abajo. Recuerdo el sentimiento de pánico que invadió mis piernas y cómo mis lágrimas se salían de mis ojos mientras corría desesperadamente tratando de evadir a nuestros diminutos verdugos que no nos daban tregua. Entonces, divisé lo que me pareció ser una especie de madriguera entre la maleza, e instintivamente me escabullí hasta quedar completamente cubierto entre ramas, hojas y tierra. Mi padre, que observó mi acción, se escondió a la sombra de un árbol, mientras intentaba cubrirse con lo que pudo encontrar a su alrededor. A modo de disipar el aroma que desprende la piel humana, empezó a cubrirse todo con tierra: brazos, piernas, rostro, cuello.

De verdad, estimado lector o lectora, no puedo evitar reírme mientras escribo ésto.

Creo que duramos aproximadamente una hora ahí en el piso, mientras yo lloraba asustado y mi padre se "talqueaba" con tierra, mientras intentaba calmarme. Una vez que hubieron muerto todas las valientes abejas, resguardando su valioso reino, nos incorporamos algo débiles y cansados para ir a buscar nuestras mochilas. Las encontramos donde mismo y continuamos con nuestro andar. Horas más tarde, cerca del ocaso, llegamos a un lugar muy especial que nunca olvidaré. Era una especie de claro en la cima del cerro; no tenía vegetación alguna, pues era un suelo bastante arenoso, y además tenía un perímetro de piedras que lo separaba de todo lo demás. Parecía una señal el haber encontrado ese pequeño lugar en medio de la nada, así que decidimos acampar ahí.

Yo notaba que mi papá estaba algo cansado y me comentó que se sentía mareado. No obstante, logramos reunir las cosas necesarias para iniciar una fogata y calentar los alimentos. Me parece que mi padre no alcanzó a terminar su comida, cuando me comentó que se sentía sumamente agotado. A él definitivamente le habían picado más abejas que a mí. Cuando se dispuso a dormir, coloqué mi mano sobre su frente para determinar si tenía la temperatura alta y para mi sorpresa, estaba hirviendo. Recordé entonces que mi mamá nos había puesto en la mochila una cajita con pastillas para controlar la fiebre, así que tomé un par de éstas y se las dí antes de que se quedara dormido.

Antes de continuar con mi relato, quiero hacer una pausa para hacer conciencia sobre el panorama al que me estaba enfrentando en ese entonces. Muy bien, pues ya mencioné que apenas contaba nueve años de vida cuando estaba en esa situación; además de estar cansados por la larga caminata, nos habíamos enfrentado a un panal de abejas que nos picaron durante toda la tarde; mi padre estaba hirviendo en temperatura y había perdido el conocimiento; nos encontrábamos en medio de un cerro en el desierto; y no teníamos modo de comunicarnos con nadie (en ese tiempo no contábamos con teléfonos celulares como hoy en día).

Las horas que sucedieron aquel entonces, quedarán en mi memoria toda mi vida. Entre el miedo que me abrumaba y la fascinación de ver un cielo hermoso y vestido de estrellas, los polvos del sueño de Morfeo no surtieron efecto en mí. Durante las primeras horas alimenté la fogata con lo que encontré y observé el fuego, danzante y travieso que evocaba cierta paz en mi; pero una vez que se hubo agotado la leña, no me quedó más remedio que recostarme y contemplar la magnificencia del cosmos. Quienes vivimos imbuidos de la ciudad y la sociedad actual, pocas veces tenemos la oportunidad de presenciar un cielo tan hermoso y verdadero como cuando carecemos por completo de luces artificiales. Recuerdo que pasé varias horas (hasta la madrugada) simplemente atónito a la bóveda celeste y su mapa de estrellas. Es mucho más común ver estrellas fugaces bajo éstas circunstancias. De pronto, ocurrió algo de lo más peculiar; entró a la atmósfera terrestre lo que pareció ser un meteorito, pues era mucho más grande que una estrella fugaz común (además era de color rojizo); cruzó el firmamento de derecha a izquierda y se desvaneció en la lejanía. No podía creer lo que mis ojos acababan de presenciar. Varias horas transcurrieron antes de que pudiera conciliar el sueño.

A la mañana siguiente, nos despertamos muy temprano y mi papá se sentía algo cansado y enfermo todavía, por lo que decidimos que lo mejor sería emprender el camino de regreso a nuestra casa. Así pues, tomamos nuestras cosas (procurando llevar la basura con nosotros mismos, claro) y empezamos a bajar el cerro en búsqueda de la carretera. El descenso fue mucho más fácil, aunque nos perdimos brevemente. No obstante, luego de un par de horas logramos llegar a la carretera. Estuvimos un rato haciendo señas a los automovilistas para pedir que nos acercaran a la ciudad, hasta que por fin una camioneta nos hizo el favor de llevarnos. Así llegamos a la ciudad, donde tomamos un taxi, que nos llevó a nuestra casa.

Exhaustos y adoloridos, nuestra aventura había terminado. En otra ocasión, platicaré sobre otra de nuestras aventuras acampando.

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viernes, 16 de octubre de 2015

La traición.

Este es un fragmento de un guion que estoy escribiendo. Espero lo disfruten. Como siempre, los comentarios son siempre bienvenidos.



LA TRAICIÓN
EXT. DESIERTO - ATARDECER

En PRIMER PLANO. Un hombre de aproximadamente 40 años de edad yace en el piso desértico ante lo que parecen ser las faldas de una montaña. Entre la maleza que se encuentra a su alrededor se filtran los últimos rayos de sol del día. Su rostro muestra dolor y su respiración es agitada. Se puede escuchar el sonido de una pala cavando a unos metros de distancia.

TILT hacia abajo. El hombre se encuentra herido en el vientre por lo que parece ser una bala. Está sangrando mucho. Su indumentaria, que incluye botas de cuero, sugiere la idea de que es un vaquero. Su sombrero se encuentra a un metro de él, en el piso. Su nombre es EVERETH MARSHALL.

EVERETH MARSHALL:
Maldito seas, SENTENZA. Eres un
traidor y el infierno guardará un
lugar muy especial para tí.

PANEO. A unos metros de EVERETH se encuentra un hombre más joven que él, cavando en la tierra desesperadamente. No parece importarle lo que dice el herido. Un par de caballos se encuentran tranquilos a unos cuantos metros de donde están ellos.

Luego de unos instantes se escucha que la pala golpea algo que suena como madera. Se escucha cansado al hablar.

SENTENZA:
Bien, mi querido amigo... dentro de
muy poco tiempo ya no tendrás que
pensar más en mi. Estás acabado y
pronto morirás. Lo que digas ahora
ya no tiene importancia.

Se seca el sudor de la frente con un paño. Acto seguido remueve la tierra de alrededor de lo que parece ser un cofre. Con algo de trabajo, logra retirar el cofre del hoyo en el suelo.

EVERETH MARSHALL:
Ese oro está maldito, SENTENZA. ¿No
lo ves? ¡Mira en qué te ha
convertido! Yo confié en ti... para
deshacernos de él.

SENTENZA:
Lo único en lo que me ha convertido
este oro es en un hombre más rico,
EVERETH. Pero tu no vivirás para
verlo.

Mientras mucita las últimas palabras, debido al esfuerzo que emplea en arrastrar el cofre, toma la pala una vez más y se sienta en el piso. Trata de tomar la respiración una vez más. Después de unos segundos se incorpora nuevamente y toma una cantimplora que esta cerca del hoyo que hizo en la tierra. Se humedece las manos y se las lleva al pecho y a la cara para tratar de refrescarse. Sorbe unos tragos y luego le arroja la cantimplora al convaleciente de EVERETH.

SENTENZA:
Toma, la vas a necesitar.

EVERETH no presta atención a la cantimplora. Mira ferozmente a su verdugo y mientras sigue perdiendo sangre le dice, tosiendo:

EVERETH MARSHALL:
Ese oro lo enterró el mismo diablo,
SENTENZA. Nadie ha vivido lo
suficiente para hacerse una vida
con él. Si te lo llevas morirás
como muchos antes lo han hecho. ¿Ya
olvidaste lo que le sucedió a tu
hermano?

SENTENZA:
Mi hermano era un imbécil y era
débil. Yo planeo irme a Nueva
Orleans, lejos de aquí y empezar
una vida nueva, donde nadie me
conozca.

EVERETH MARSHALL:
No sabes lo que dices. Nunca
llegarás ahí. Pero estás muy ciego
para verlo ahora.

SENTENZA:
Lo que digas no cambia las cosas.

SENTENZA toma el cofre y con algo de esfuerzo logra subirlo y asegurarlo al lomo de uno de los caballos. Monta con agilidad el otro y regresa brevemente a donde yace el moribundo EVERETH. Lo contempla por unos momentos en sus últimos instantes de vida y sin emitir palabra alguna, hace un gesto de reverencia con su sombrero y emprende marcha hacia el este, perdiéndose en la lejanía.

EVERETH, al cabo de unos minutos exhala su último aliento, perdiendo la vida con el último rayo del sol.

martes, 6 de octubre de 2015

La princesa del castillo en espiral

Eran días oscuros y con mucho viento. Interminables nubes sombrías se cernían sobre todo el firmamento, como queriendo impedir el paso de la luz del sol sobre las tierras de aquel reino. El castillo se erguía alto e imponente, subiendo en forma de espiral a las orillas de un acantilado que colindaba con un mar frio y tempestivo. Las piedras con las que estaba construida la ciudadela eran de un color algo amarillento, salpicado con matices verdes debido al moho que se esparcía por todo el lugar.

Ya estaba avanzada la noche, cuando se presentó a las puertas del castillo un viajero que caminaba encorvado por el viento que lo sometía; iba aferrándose a su sombrero y a un bastón viejo de madera. Luego de pedir asilo a los guardias que se encontraban cuidando la enorme y pesada puerta de la entrada, éstos le concedieron el paso sin emitir palabra alguna. Así, el caminante se adentró a las murallas que se elevaban hacia lo alto en forma de espiral para continuar con su destino. De no ser por las tenues luces que se filtraban por algunas de las ventanas de los edificios, el lugar hubiera parecido estar completamente desierto, pues el silencio gobernaba en aquellos callejones y pasadizos; salvo por el viento que surcaba entre las cornisas de las construcciones. Pese a que el viajero era un hombre joven, su semblante denotaba cansancio y una mirada perdida.

Continuó su trayecto por las calles de la ciudadela, con su andar cansado pero constante. Pasó de largo por las tavernas y las casas de huéspedes, que no parecían estar muy activas; siempre subiendo y arrastrando los pies con su paso. Varias horas pasaron antes de que llegara a la cumbre del palacio. Ahí se encontraba un jardín algo descuidado, sin embargo, daba la impresión de haber sido un lugar hermoso, tiempo atrás. Hortensias y Orquideas marchitas abundaban a los lados de los andadores de la floresta. En el centro del jardín se hallaba un árbol de flor de cerezo, cuyas hojas y flores yacían esparcidas por el piso. Existía cierta belleza singular en la soledad de aquel lugar. El caminante se detuvo y permaneció unos instantes perplejo, admirando la melancolía que emanaba de aquel árbol solitario. Por un momento recordó, de alguna manera, lugares que no había conocido jamás, e historias que no había vivido; conmovido y maravillado por ese extraño sentimiento, tomó marcha una vez más hacia la sala principal que se encontraba al pasar por el jardín. La puerta de la sala principal estaba custodiada por dos guardias, que parecieron no prestar atención al individuo más que para abrirle la puerta del lugar.

Momentos antes de dar el primer paso dentro del recinto, el caminante sintió un palpitar más fuerte en su corazón. Vaciló por un momento, pero luego tomó seguridad y se decidió a entrar. El lugar estaba iluminado por unas cuantas velas que emitían una luz cálida y tenue que dibujaba largas sombras con los pilares que se erguían a lo largo de la sala. Luego de avanzar unos cuantos pasos por el lugar, el viajero elevó su mirada, retirando su sombrero; entonces la vió. Sobre un trono de piedra que se encontraba en el centro, estaba sentada, con las piernas cruzadas, una doncella de cabellos rojos como el fuego y piel blanca como la nieve, un contraste hermoso y sublime que lo hizo recordar los rosales cuando es invierno; el gesto de su rostro mostraba una mueca de aburrimiento. Las pupilas del viajero parecieron dilatarse al presenciar la belleza de aquella misteriosa doncella. Ella, cuando lo vió acercarse, fijó su mirada en el cansado caminante mientras éste se postraba frente al trono, haciendo un acto de reverencia.

- Buenas noches, caminante ¿Quién eres tú y qué te trae a éstas horas a este recinto? - Preguntó la doncella.

- Muy buenas noches y muy frías, además. - Replicó el viajero. - Oh, doncella de los cabellos rojos, soy un pobre viajero que viene desde muy lejos. He olvidado mi nombre hace ya muchos años. He andado por todo el mundo y he visto muchas tierras lejanas y toda clase de lugares y personas. Desde hace mucho tiempo he estado buscando una cerradura. - Continuó el hombre.

- ¿Una cerradura? - Inquirió algo exaltada la doncella. - ¿Qué clase de cerradura y por qué vienes desde tan lejos buscando tal cosa?

- Verás, princesa, la cerradura que busco no es una cerradura cualquiera. Cuando apenas era un niño, llamó a la puerta de la granja donde yo vivía un viejo mago que venía pidiendo un poco de agua y comida para continuar con su viaje. Platicamos durante varias horas y le conté de mi sueño de viajar por el mundo, conocer tierras lejanas y vivir aventuras. Una vez que el mago hubo terminado de comer, sacó de su fardo una pequeña llave, la cual me regaló en muestra de agradecimiento. - Respondió el viajero mientras sacaba de su pecho, una pequeña llave que colgaba de un cordón de cuero.

- Entonces, el mago me dijo que algún día tendría que emprender un viaje para encontrar la cerradura que se abre con la llave que yo porto, y que con eso encontraría una grata sorpresa. He pasado ya varios años de mi vida en la búsqueda de dicha cerradura, pero no la he encontrado aún. Hoy me presento ante tí, preciosa princesa del castillo en espiral, con la esperanza de poder esa cerradura encontrar. - Continuó el viajero.

Al momento de decir las últimas palabras, los ojos de la princesa parecieron llenarse de lágrimas. Sin emitir palabra alguna, se incorporó y caminó a donde se encontraba el viajero, con un paso lento y vacilante. El viajero se desconcertó por la reacción de la princesa y permaneció inmóvil mientras ella avanzaba hacia él. Luego de mirarse fijamente en silencio durante unos minutos, la princesa tomó una cadena de plata que colgaba de su cuello, ésta tenía un dige de cuarzo, y en el centro de la piedra se encontraba una cerradura. Al verla, los ojos del viajero se abrieron asombrados, mientras éste murmuraba algunas palabras de asombro.

- ¿Cómo es posible? - Preguntó el caminante, pasmado.

- Hace muchos años, un mago visitó el reino. Yo era apenas una niña en ese entonces. Pasé toda una tarde jugando con él a la sombra del árbol que está en el jardín. Cuando estuvo listo para continuar con su viaje, el mago tomó este dige de su bolsa y me lo regaló. Me dijo que algún día alguien vendría con la llave que lo iba a poder abrir, trayendo así mejores tiempos. Han pasado tantos años de eso que la verdad había perdido toda esperanza. - Contó la princesa.

Entonces, como movidos por un deseo mutuo, ambos retiraron sus respectivos artefactos de sus cuellos e introdujeron la llave en el dije de cuarzo. Al momento de girarla, una luz empezó a emitirse del cristal, que escapó rápidamente de la sala, bañando por completo toda la ciudadela. Ambos corrieron hacia afuera para ver qué estaba sucediendo y para su sorpresa, el jardín había cobrado vida nuevamente. El árbol de flor de cerezo había florecido y resplandecía con una luz blanca, como hacía años que no se le veía. Las Hortensias y las Orquideas eran frondosas y despedían una fragancia que deleitaba a los corazones y despertaba sueños a quien la oliera. Pronto la gente empezó a salir de sus casas para ver qué era lo que sucedía y se encontraton con la sorpresa de que el júbilo y la esperanza habían vuelto al reino.

- Quiero conocerte. He esperado por tí toda mi vida. - Dijo la princesa.

- Toda mi vida te he buscado, y ahora podemos vivir para conocernos y tener aventuras juntos. - Dijo el viajero, mientras tomaba las manos de la doncella de cabellos rojos.

Luego de perderse unos instantes en los ojos de la otra persona, sellaron su nuevo comienzo con un abrazo y un beso. Años más tarde, emprendieron juntos un viaje por el mundo y jamás volvieron al reino.