Quien se haya encontrado en una situación de vida o muerte, podrá imaginarse de lo que me dispongo a hablar a continuación.
Cuando era un niño, con frecuencia solía irme a acampar con mi papá, por lo menos una vez al año. Acudíamos a diferentes lugares en cada ocasión, y el objetivo de nuestras travesías era vivir aventuras y estar en contacto con la naturaleza, dos de las características que han estado más presentes en mí desde que soy quien soy. En esta publicación, quiero platicar sobre una ocasión en particular, la cual recuerdo sin poder evitar que una sonrisa se brinque en mi rostro.
Cuando ocurrió éste suceso, yo tenía aproximadamente nueve años de edad. Recuerdo que mi papá y yo habíamos planeado todo un fin de semana para irnos a acampar a un cerro que estaba en el monte, a las afueras de la ciudad. Así pues, preparamos nuestras mochilas con todo lo que podríamos necesitar para nuestro viaje de aventura: cazuelas, comida enlatada, ropa, bolsas para dormir, encendedor, cuchillo, brújula, cantimploras con agua, etc. Llegó el día de nuestra partida y mi mamá nos condujo a las inmediaciones del cerro que queríamos explorar. Nos bajamos a un lado de la carretera y nos despedimos para vernos dos días después. Ahí fue donde comenzó nuestra aventura.
Empezamos a caminar a través de arbustos y árboles desérticos encaminándonos hacia las faldas de la mole de piedra que se erguía ante nosotros. Cuando alcanzamos las primeras pendientes del cerro, el andar se hizo un poco más difícil por los fardos que llevábamos. Fácilmente pasaron tres horas antes de que nos encontráramos en medio de nuestro camino un cactus grande y seco que estaba tirado y que estorbaba nuestro andar. Sin pensarlo dos veces, mi padre lo levantó con sus manos para arrojarlo hacia la izquierda y liberar así el camino que íbamos siguiendo. Poco sabíamos en ese momento, de la odisea que estábamos por vivir. De pronto, empezamos a ver muchos puntos de color negro que zumbaban ante nosotros. Sin comprender muy bien qué era lo que estaba sucediendo, empezamos a sentir numerosas punzadas por todo el cuerpo; y ese zumbar que no cesaba. ¡Abejas! Cientos de abejas habían abandonado su panal, que presumiblemente se encontraba en el cactus viejo que acababa de mover mi papá, y ahora se disponían a morir para defender su reino, no sin antes dejarnos un recuerdo bastante doloroso. Permanecimos unos segundos inmóviles, como tratando de comprender qué era lo que estaba sucediendo, cuando mi padre exclamó "¡Abejas! ¡Corre!". Sin pensarlo dos veces, soltamos nuestras respectivas mochilas y empezamos a correr montaña abajo. Recuerdo el sentimiento de pánico que invadió mis piernas y cómo mis lágrimas se salían de mis ojos mientras corría desesperadamente tratando de evadir a nuestros diminutos verdugos que no nos daban tregua. Entonces, divisé lo que me pareció ser una especie de madriguera entre la maleza, e instintivamente me escabullí hasta quedar completamente cubierto entre ramas, hojas y tierra. Mi padre, que observó mi acción, se escondió a la sombra de un árbol, mientras intentaba cubrirse con lo que pudo encontrar a su alrededor. A modo de disipar el aroma que desprende la piel humana, empezó a cubrirse todo con tierra: brazos, piernas, rostro, cuello.
De verdad, estimado lector o lectora, no puedo evitar reírme mientras escribo ésto.
Creo que duramos aproximadamente una hora ahí en el piso, mientras yo lloraba asustado y mi padre se "talqueaba" con tierra, mientras intentaba calmarme. Una vez que hubieron muerto todas las valientes abejas, resguardando su valioso reino, nos incorporamos algo débiles y cansados para ir a buscar nuestras mochilas. Las encontramos donde mismo y continuamos con nuestro andar. Horas más tarde, cerca del ocaso, llegamos a un lugar muy especial que nunca olvidaré. Era una especie de claro en la cima del cerro; no tenía vegetación alguna, pues era un suelo bastante arenoso, y además tenía un perímetro de piedras que lo separaba de todo lo demás. Parecía una señal el haber encontrado ese pequeño lugar en medio de la nada, así que decidimos acampar ahí.
Yo notaba que mi papá estaba algo cansado y me comentó que se sentía mareado. No obstante, logramos reunir las cosas necesarias para iniciar una fogata y calentar los alimentos. Me parece que mi padre no alcanzó a terminar su comida, cuando me comentó que se sentía sumamente agotado. A él definitivamente le habían picado más abejas que a mí. Cuando se dispuso a dormir, coloqué mi mano sobre su frente para determinar si tenía la temperatura alta y para mi sorpresa, estaba hirviendo. Recordé entonces que mi mamá nos había puesto en la mochila una cajita con pastillas para controlar la fiebre, así que tomé un par de éstas y se las dí antes de que se quedara dormido.
Antes de continuar con mi relato, quiero hacer una pausa para hacer conciencia sobre el panorama al que me estaba enfrentando en ese entonces. Muy bien, pues ya mencioné que apenas contaba nueve años de vida cuando estaba en esa situación; además de estar cansados por la larga caminata, nos habíamos enfrentado a un panal de abejas que nos picaron durante toda la tarde; mi padre estaba hirviendo en temperatura y había perdido el conocimiento; nos encontrábamos en medio de un cerro en el desierto; y no teníamos modo de comunicarnos con nadie (en ese tiempo no contábamos con teléfonos celulares como hoy en día).
Las horas que sucedieron aquel entonces, quedarán en mi memoria toda mi vida. Entre el miedo que me abrumaba y la fascinación de ver un cielo hermoso y vestido de estrellas, los polvos del sueño de Morfeo no surtieron efecto en mí. Durante las primeras horas alimenté la fogata con lo que encontré y observé el fuego, danzante y travieso que evocaba cierta paz en mi; pero una vez que se hubo agotado la leña, no me quedó más remedio que recostarme y contemplar la magnificencia del cosmos. Quienes vivimos imbuidos de la ciudad y la sociedad actual, pocas veces tenemos la oportunidad de presenciar un cielo tan hermoso y verdadero como cuando carecemos por completo de luces artificiales. Recuerdo que pasé varias horas (hasta la madrugada) simplemente atónito a la bóveda celeste y su mapa de estrellas. Es mucho más común ver estrellas fugaces bajo éstas circunstancias. De pronto, ocurrió algo de lo más peculiar; entró a la atmósfera terrestre lo que pareció ser un meteorito, pues era mucho más grande que una estrella fugaz común (además era de color rojizo); cruzó el firmamento de derecha a izquierda y se desvaneció en la lejanía. No podía creer lo que mis ojos acababan de presenciar. Varias horas transcurrieron antes de que pudiera conciliar el sueño.
A la mañana siguiente, nos despertamos muy temprano y mi papá se sentía algo cansado y enfermo todavía, por lo que decidimos que lo mejor sería emprender el camino de regreso a nuestra casa. Así pues, tomamos nuestras cosas (procurando llevar la basura con nosotros mismos, claro) y empezamos a bajar el cerro en búsqueda de la carretera. El descenso fue mucho más fácil, aunque nos perdimos brevemente. No obstante, luego de un par de horas logramos llegar a la carretera. Estuvimos un rato haciendo señas a los automovilistas para pedir que nos acercaran a la ciudad, hasta que por fin una camioneta nos hizo el favor de llevarnos. Así llegamos a la ciudad, donde tomamos un taxi, que nos llevó a nuestra casa.
Exhaustos y adoloridos, nuestra aventura había terminado. En otra ocasión, platicaré sobre otra de nuestras aventuras acampando.
¿Comentarios?
No hay comentarios:
Publicar un comentario