jueves, 28 de febrero de 2013

Reflexiones


"Lo mejor y lo más bonito de esta vida no puede verse ni tocarse, debe sentirse con el corazón."  --  Hellen Keller.

"Cuando dejo de ser lo que soy, me convierto en lo que podría ser."  --  Lao-Tsé.

"La riqueza consiste mucho más en el disfrute que en la posesión."  --  Aristóteles.

"Vive como si fueras a morir mañana. Aprende como si fueras a vivir siempre."  --  Mahatma Gandhi.

"Ni tu peor enemigo puede hacerte tanto daño como tus propios pensamientos."  --  Buda.

"El hombre honesto no teme la luz ni la oscuridad."  --  Thomas Fuller.

"Haz lo que puedas, con lo que tengas, estés donde estés."  --  Theodore Roosevelt.

"La seguridad es más que nada una superstición. La vida es una aventura atrevida o no es nada."  --  Helen Keller.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Almond joy

Es interesante analizar cómo relacionamos algunas cosas con ciertos eventos de nuestra vida, dejando un fuerte impacto en nosotros.

Pese a que soy alguien que por lo general se deleita al comer dulces y chocolates, nunca he podido disfrutar de un Almond Joy y creo que esto se debe a la anécdota que me dispongo a narrar.

Era un día 4 de enero de 1994, yo tenía 9 años de edad. El sol ya se había despedido de ese día para iluminar otras tierras y yo me encontraba en mi casa con mi mamá y mi hermana, probablemente jugando con mis "G.I. Joes". De pronto, una llamada telefónica cambió la rutina que estabamos destinados a seguir ese día. En la noticia le comentaron a mi mamá que "algo" le había pasado a mi abuelo, el papá de mi papá (Jesús Mayoral López). Sin entender muy bien qué era lo que había sucedido nos subimos al carro, un Golf blanco que teníamos, para ir a casa de mis abuelos.

Al llegar ahí, ni yo ni mi hermana nos bajamos del auto, solamente nuestra mamá, que a los pocos minutos regresó con la cara cambiada; parecía algo angustiada pero no nos quiso decir claramente qué era lo que estaba pasando; recuerdo que nos dijo que mi abuelo estaba en el hospital, por lo que fue ahí a donde entonces nos dirijimos.

Cuando llegamos a nuestro nuevo destino, mi madre estacionó el carro y nos encargó que nos quedamos ahí adentro y que no salieramos por ningún motivo. No recuerdo con claridad cuanto tiempo pasamos ahí, pero recuerdo que me sentía algo agobiado. Cada cierto tiempo, mi mamá regresaba al carro para ver cómo nos encontrábamos y fue en una de esas ocasiones que nos trajo chocolates para que pasáramos mejor el rato. Los chocolates: Almond Joy.

Nunca los había probado, los reconocía de los aparadores en las tiendas, pero nunca había tenido la oportunidad de comer uno; supongo que mi gusto por los snikers y butterfingers no me había dejado. Así pues, sin nada mejor que hacer en esa situación, me dispuse a probar de esa barra de chocolate. Todavía puedo recordar el sabor a coco con almendras y chocolate en mi boca, así como el sentimiento desagradable que lo acompañaba: la angustia. No pude terminarlo.

A los pocos minutos de haber desistido de comer la golosina, mi madre se acercó al coche, lágrimas en los ojos. Nos dio así la noticia inevitable: mi abuelo acababa de fallecer. Nunca entendí muy bien la razón del deceso; alguna hemorragia interna causada por estrés o algo así. Volví entonces mi mirada al chocolate sin terminar, como si éste fuera el culpable de dicho evento y lo apreté con todas mis fuerzas. El sonido de la envoltura crujiendo entre mis dedos nunca abandonará mis recuerdos. La impotencia, tristeza y preocupación inundaron mi corazón.

Más como Almond Sadness, para mí.

Pasó así la noche y en los días consecuentes vi a toda mi familia paterna: primos, tíos, extraños, todos juntos en el mismo lugar, como cuando mi abuelo nos reunía cada domingo para ir a desayunar.

Han pasado ya 19 años de esto y no me he vuelto a atrever a probar un Almond Joy.