Era una noche como cualquier otra, pero de hace mil años. Aquel hombre se sentó a la orilla del mar. Sólo la luna iluminaba aquellas costas con su creciente cuerpo y un viento gélido que venía del norte hacía la noche más helada. Decidió encender una fogata con la poca leña que le quedaba. Las chispas que brotaban de las brasas parecían danzar ante él como invocándolo a un extraño sueño; a imaginar ideas remotas, prohibidas, quizá ya olvidadas.
Miró entonces al firmamento y su mente divagó por el infinito, preguntándose por las edades de la tierra; los tiempos futuros y pasados; la vida y la función que él desempeñaba en ésta. Sabía que su existencia no era más que un suspiro en el andar del tiempo y que ese momento que se encontraba viviendo quedaría en el olvido. Algunas lágrimas corrieron por su rostro; pero éstas no eran amargas, sino de admiración, fascinación, añoranza y nostalgia por algo que él mismo no lograba comprender muy bien; sentimientos por una época que él mismo no conocía, un tiempo que no vivió y gente que no conoció; pero que de alguna forma añoraba.
Luego de calentarse un poco ante el fuego, habiendo llorado sus lágrimas irracionales, tomó sus fardos y continuó con su camino; dejando atrás aquel momento tan especial que a nadie le contaría y que el tiempo se encargaría de borrar.
jueves, 22 de septiembre de 2011
martes, 6 de septiembre de 2011
Monstruos de antaño
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)










