sábado, 9 de mayo de 2015

9 de mayo

Mayo es un mes muy bonito. Probablemente empata, en mi categoría de gustos, con el mes de octubre; no lo digo sólo porque es el mes de mi cumpleaños, sino por las lunas tan hermosas que podemos apreciar, el clima tan agradable que alberga y obviamente Halloween, con todos sus monstruos y películas de terror (que me encantan). Mayo por otra parte, me gusta porque tiene, en mi opinión, los atardeceres más bonitos que podemos apreciar en todo el año, la temperatura es muy agradable y en el ambiente se respira una vibra diferente. Recuerdo que cuando estaba en la secundaria, en este mes me sentía distinto, me sentía capaz de lograr lo que sea, y por lo general muchas cosas buenas ocurrían en estas fechas.

Me encantaba aquel sentimiento jovial y aquella seguridad del mes de mayo.

De igual manera, fue un 9 de mayo de hace 15 años cuando una mañana como ésta, mientras me encontraba en la escuela me topé con Nohemí. La química que había entre nosotros era evidente, así que decidimos escaparnos de algunas clases (algo usual en mi, hehe) para irnos a caminar juntos un rato. Así, llegamos a las bancas de espectadores del campo de béisbol de la escuela, un lugar retirado. Yo llevaba unos tenis VANS, un pantalón de mezclilla color claro (roto, en honor a Nirvana) y una camisa Adidas de color verde (en honor a KoRn, que me gustaba mucho en ese entonces); ella llevaba unos tenis morados (que me encantaban), un pantalón mezclilla color fuerte y una camiseta negra que tenía plasmadas en la espalda unas alas de mariposa. Cabe mencionar que a lo largo de nuestro noviazgo (como supongo que ha de ser común en todos) la melosidad nos llevó a inventarnos nombres y personajes. Yo era su duende y ella era mi mariposa.

Estuvimos conversando bastante sobre nuestros gustos musicales, nuestros deseos y expectativas de la vida. Yo estaba algo nervioso, creo que comenté hace algunas entradas, que siempre me ha dado algo de miedo hablar con las mujeres por las que siento algo. Así, en un momento de la conversación, yo me acosté en las bancas, mientras que ella le daba la espalda al campo de béisbol, viéndome a mi. Entonces, le dije: "tengo que decirte algo, pero estoy nervioso... es algo que hace mucho que no le digo a alguien..."; supongo que ella ya sabía de qué se trataba aquel momento, pues su característica sonrisa lo evidenciaba. Unos instantes después le dije: "¿quieres ser mi novia?" y los momentos siguientes no paré de temblar, entre risas y ademanes nerviosos. Su sonrisa... jamás olvidaré aquella sonrisa que me hacía perderme y olvidarme de todo. Su silencio prolongado hizo todo mucho más cómico. Después de unos minutos... "si". En aquel momento, como en el de nuestro encuentro, no teníamos idea de lo que el destino nos tenía preparado, sólo eramos un par de adolescentes enamorados y soñadores. Así, sellamos nuestras vidas con un beso y regresamos a clases. Mi sonrisa infalible duró varios días, como la de ella.

Ocho años más tarde, este mismo día, le pediría a aquella muchacha, a la orilla de la playa y con el sol menguante como testigo, que se convirtiera en mi esposa un año después (es decir, 9 años después de conocernos).

¡Ah! ¡el 9 de mayo! Creo que considero esta fecha más importante que mi cumpleaños.

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