domingo, 13 de junio de 2010

Vestir

Me complace compartirles nuevamente, un pensamiento de Alfredo Rubio. Sus reflexiones son un excelente manjar para el que gusta del buen pensar (hice un verso sin esfuerzo =D). Hoy en día la gente se preocupa demasiado por la imagen, por aparentar ser esto o lo otro, o por verse de una forma. Muchas veces se descuida lo que en realidad cuenta: Lo que uno ES.

"Salida de Madrid hacia Barcelona, 1-9-77.

A pesar de no estar acostumbrados desde pequeños, ¡qué bien se va y se viaja tomando el aire y el sol! Y eso que, por generaciones, debe de estar un poco atrofiada nuestra piel!

(El curtido de la piel en este sentido, aunque alguna gente crea lo contrario, no disminuye la sensibilidad para la ternura. La debe dejar en su punto, sin hipersensibilidades patológicas).

La gente se aferra a los vestidos -pocos o muchos- como un elemento de distinción, es decir, para distinguirse de las demás clases sociales, y aún de las personas, dentro incluso de la misma clase pero a las que no queremos parecernos. Hay un cierto sentido mágico de creer que, porque se endosa un determinado traje de grupo (ya sean vaqueros, uniformes o de Cardin) ya se posee la libertad, la valentía o la distinción que representa. Puede haber en ello algo de beneficiosa autosugestión, pero no más. Esas y todas las virtudes han de salir de dentro. La persona vale más que el traje. Y no es la persona la que tiene que hacer honor al vestido, sino éste a aquélla. Por eso, una sana convivencia en playas, etc., lleva a más humildad. Queda manifiesto lo que se “es”, no sólo lo corporal (blanco, negro, joven, gordo, guapo, desgarbado), sino también la expresión de la inteligencia (mirada, conversación, etc.) y la elegancia (gestos, etc.). Y todo sin truco y sin apoyaturas. Es un “saber estar” no fácil y que dado que no lo sabemos desde pequeños, hay que aprenderlo. La gente confía para suplir y dar el pego, mucho -demasiado- en el traje. Y se ve el plumero.

Las personas geniales no necesitan tanto el vestido en su medio para que se les reconozca sus valores. Edisson con su cinturón de corbata, un buen artista con cualquier cosa, u Onassis que gobernaba su imperio económico todo el día en bañador (y Cristo en la cruz, su Iglesia).

Y estos genios, aunque sin proponérselo, crean modas.

Del mismo modo que la buena decoración no está en recargar de cosas, sino en la simplicidad de la belleza, se puede ser elegante en bañador y una mujer, pésima a pesar de ir en miriñaque.

El hábito ha de aceptarse desde dentro; si no, es lo contrario de las siete condiciones."


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