La única certeza que podemos tener del tiempo, es que va a pasar. Además, también se dice que es relativo. Y claro, ¿qué son 100 años de tiempo comparados con los 13.8 billones de años que tiene el universo de ser lo que es? No obstante, 100 años pudieran parecer mucho tiempo a los ojos de un ser humano.
Cuando tenía 19 años, presencié uno de los eventos que más recordaré durante el resto de mi vida. Corría la segunda mitad del año 2003, y en el mes de noviembre se celebró el centenario de mi bisabuelo, conocido por toda la familia como "el Patanino" (abuelo de mi padre). Para la celebración, se reunió toda mi familia paterna, lo que convirtió el evento en una gran reunión. Vi a muchas personas que tenía años sin ver y conocí a varios parientes que no había tenido el gusto de conocer. Como era de esperarse en una familia llena de artistas y talentos musicales (la mayoría son o fueron hippies), no faltaron las canciones, las risas, los chistes, alguien que bailaba por aquí y por allá, y, por supuesto, la comida.
En cierto momento de la velada, mi padre me pidió que pasáramos a adentro de la casa para visitar al Patanino y ver cómo estaba. Cuando llegamos a su cuarto, éste se encontraba acostado en su cama, descansando; un hombre viejo con 100 años cumplidos, cuyo siglo de vida le había dejado numerosas marcas y recuerdos. Al otro lado había una segunda cama, en la que estaba dormido un bebé recién nacido apenas hacía una semana, hijo de una prima mía; y cual libro en blanco, con toda una historia por contar. Mis ojos estaban atónitos admirando el contraste de aquel momento.
En ese instante, me di cuenta de que el tiempo, aunque parezca intangible y abstracto, es lo único que realmente nos conecta a todos los seres humanos. Todos, sin importar en qué etapa de la vida estemos, somos pasajeros en un viaje que se mueve inexorablemente hacia adelante. Para mi bisabuelo, el tiempo había sido un escultor, tallando en él las huellas de su existencia: las arrugas en su rostro, los años en sus ojos, y los recuerdos que, aunque quizás difusos, aún habitaban en su mente. Para el bebé, en cambio, el tiempo era una página en blanco, una promesa de posibilidades infinitas, un futuro aún por construir.
No pude evitar preguntarme cómo sería visto este momento desde la perspectiva del tiempo mismo, si acaso tiene una. Quizás para el cosmos, un siglo no sea más que un parpadeo; y un instante, como ese que estaba viviendo, no sea más que una mota de polvo en la vastedad de la eternidad. Sin embargo, para mí ese instante sugería una profunda reflexión, una conexión inexplicable entre el principio y el final, entre la memoria y el potencial. Concluí que cada día que vivimos es un paso más en la creación de nuestra propia historia.
Mientras observaba al Patanino descansar, pensé en las innumerables historias que habrían dado forma a sus 100 años de vida: amores, pérdidas, alegrías y luchas. Y luego, al mirar al bebé, pensé en cómo su propia historia aún estaba por escribirse, llena de incógnitas y misterios. Ambos, a pesar de su distancia en el tiempo, compartían algo esencial: estaban vivos en el presente, el único momento que realmente nos pertenece.
Ese pensamiento me llenó de un profundo sentido de gratitud y humildad. El tiempo, aunque impasible, nos da una oportunidad invaluable: la de decidir qué hacer con él. No podemos detenerlo, ni revertirlo, pero sí podemos elegir cómo llenar los días que nos son dados. Quizás no se trate de medir la vida en años o en logros, sino en la calidad de los momentos que vivimos y las conexiones que forjamos con los demás.
Al salir de aquel cuarto, con mi padre a mi lado, entendí que momentos como ese —efímeros y aparentemente simples— son los que dan forma a nuestra percepción de la vida. No son los años lo que define nuestras vidas, sino la calidad de los instantes que nos dejan reflexionando sobre lo que significa estar aquí, ahora, compartiendo esta experiencia fugaz y maravillosa llamada vida.
Mi Patanino falleció en 2005, viviendo casi los 102 años de edad. Qué admirable. Les deseo una vida larga, próspera, libre, feliz y consciente a todos ustedes, mis seres queridos, amigos y familia.
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