lunes, 14 de octubre de 2013

¡Piedad, lluvia!

¡Piedad, lluvia! ¡Ya me encuentro empapado con estas lágrimas! ¡Aparta tu tormenta de mi corazón! ¡Aleja tu tempestad de mi razón! Dame tregua, te lo pido. Déjame solo, te lo suplico. Llévate esas nubes impías que ofuscan y doblegan mi voluntad.

En mi memoria se reviven viejos recuerdos. Fantasmas, ¡eso es lo que son! Evocaciones paganas de tiempos pasados que no volverán. Mejores quizás, pero irreales, no más. Recuerdo su mirada tan prudente como un manantial, curiosa y tierna; tengo aún grabado el olor de sus manos en las mías, remembranza del jazmín en primavera; y aquellas largas horas que pasábamos contemplándonos, platicando y conociéndonos, intercambiando sueños y deseos; ¡Ah! ¡Aquel romance tan embelesado que el mundo no volverá a ver jamás!

La juventud trajo consigo la luz de la mañana, pero se ha ido y me ha dejado unos cuervos que revolotean acechando a mi corazón. Esos picos agudos se me clavan en el pecho como lanzas; me arrancan los sueños, me roen los huesos. Esos cuervos no me dejarán esta noche.

Lluvia, si encuentras misericordia para este pobre hombre, vete ya. Dame la paz que tanto necesito y déjame recordar sin llorar.

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